Miguel Ramírez Cordón, Madrid

La difícil película de Jean-Luc Godard Film socialisme tiene una estructura dialéctica en tres momentos que se estructuran en torno a un problema, el de un barco donde impera la molicie y que va dando la bienvenida a sus camarotes a todos aquellos que tienen la capacidad de ir incorporándose en los distintos puertos del Mediterráneo. Los que van en aquel barco se mueven como la nave de Terón en Quéreas y Calírroe, «sin trabas, pues no luchaban contra las olas ni el viento, ya que no se habían fijado previamente ninguna ruta, sino que cualquier viento les parecía favorable». Bien puede simbolizar este navío al capitalismo o a la sociedad deshumanizada como consecuencia del mismo.

Ante esta coyuntura se presentan en la película tres propuestas: abandonar el arduo empeño de cambiar las cosas y dejar al mundo seguir su curso, lo cual viene simbolizado por los dos jóvenes que se bajan en uno de los puertos viendo marchar al buque; que unos niños formen un grupo político que ganen las próximas elecciones y traten de cambiar la trayectoria de las cosas; o finalmente, conducirse a la revolución. La complicación de la primera solución es que no solventa nada, como nunca retirarse de la sociedad ha supuesto nada para ésta. No en vano el fasto sigue teniendo lugar en el interior del barco. En el caso de la segunda, pese a que en la película los niños parten con ventaja en las encuestas, lo cierto es que el programa que elaboran, como no puede ser de otro modo, es el de unos niños, y acaba revelándose irrealizable. En el de la última, el supuesto no está debidamente desarrollado, nada puede decirse de él.

Aquí me preocupa de momento la solución planteada por los niños. En efecto, nada hay que ellos puedan hacer, sus intereses están construidos a la altura de la pura particularidad, no pueden aún elaborar un plan que no solo les afecte a ellos, sino al conjunto de una sociedad universal. Por el momento ellos son capaces tan solo de decir “yo”, de constituirse en personas por tanto y empezar en ese punto a poder pensarse, y no solo percibirse y sentirse de tal o cual manera. Pero de momento su universo está reducido a ese mero “yo”, y el mundo es configuración y acomodaticio al dominio de ese “yo” particular. El niño es por tanto “egoísta”, no tiene en cuenta, aún, más que a su “yo”, no puede abstraerse todavía como miembro de la sociedad de los hombres que viven bajo el cielo.

Estas condiciones están magníficamente dibujadas en la reciente Moonrise Kingdom de Wes Anderson. Ahí unos niños (dos niños, un niño y una niña) parecen tener claro qué tipo de mundo quieren instaurar y enarbolan la bandera de su revolución empezando por escaparse de sus casas y queriendo, en el fondo, reproducir la vida de los mayores, solo que huidos. En cambio parecen estupendos estadistas, cualquiera se dejaría en sus manos: saben manejar todas las herramientas, conocen todos los caminos, saben salvar todos los obstáculos, saben perfectamente cómo sería un mundo cabal y tienen una clara determinación, la de casarse. Incluso, cuando los adultos están a punto de “darles caza”, el resto de niños acceden a ayudarles. Pero esta revolución está destinada al fracaso, no porque no revolucione nada, sino porque la trama de la película no cuenta más que el modo que tienen dos niños de satisfacer sus deseos particulares. Es decir, los niños no son capaces de apuntar más allá de cómo sería su mundo perfecto, no el de cada uno de nosotros (incluidos los niños). ¿Cómo se muestra esto en el caso de Moonrise Kingdom? En que en prácticamente ningún momento de la película los niños están en otro lugar del plano que en el centro, toda la película transcurre en esa exacta medida del plano, y cuando hay más de dos figuras, prevalece la simetría. No existe por tanto ninguna otra referencia, los niños no pueden salir de la centralidad, no pueden aspirar a conocer el mundo que les rodea desde la perspectiva que les confiriese la medida de otro plano.

¿Dónde está la solución entonces? ¿En ser padre? El problema de esta solución es que es tan unilateral como la del hijo, y la vida de los mayores que aparecen en Moonrise Kingdom, desde la perspectiva particular de los mayores, parece ser de una menesterosidad si cabe más grande. La solución entonces solo puede ser una: ser Padre e Hijo, esto es, ser Espíritu, conocer la indigencia de la reflexión que solo llega cuando el día está a punto de declinar, pero no perder al mismo tiempo, es decir, conservar, la capacidad de asombrarse por las cosas propia del niño. Solo así se puede crucificar a alguien a fuerza de amor, y dejarse crucificar por recibir el amor de alguien. Todo el curso de las referencias aquí está cumplido, la revolución se ha consumado, al menos de momento a la altura del individuo, y es entonces que conociendo la totalidad de las cosas hasta el final se puede en ese momento fundar la comunidad universal de los hombres. Así, ¿quién se ve en la disposición de situarse en este lugar en estas películas? En Moonrise Kingdom, el narrador, el único que se presenta en otras coordenadas distintas a la de la centralidad, y que, pese a aparecer poco, conoce omniscientemente toda la historia, o en Padre e Hijo de Sokurov, la luz anaranjada que todo lo abraza, que recorre todas las esquinas, todos los recovecos, que nada deja sin escudriñar, que nada deja sin conocer y perturbar hasta el fondo.