Escribir es torear: Entrevista con Jorge F. Hernández
Andrés del Arenal, Madrid
Jorge F. Hernández nació en la Ciudad de México en 1962. Pasó su infancia en Washington, a lo que debe un bilingüismo modélico. En su juventud, de vuelta a tierras familiares en Guanajuato, soñó (y practicó) con ser torero. La vida, finalmente, lo llevó al mundo de las letras, en el que ejerce, desde su primer cuento publicado, una presencia artística en continuo crescendo, además de una mirada tutelar sobre los nuevos escritores. Jorge no sólo ha sido novelista, traductor, columnista, prologuista y antólogo, sino también maestro de varias generaciones de jóvenes ensayistas mexicanos. Ha sido finalista al Premio Alfaguara por su novela La emperatriz de Lavapiés (1999), ambientada en Madrid. Lo hemos entrevistado tras la reciente publicación de dos libros de cuentos suyos presentados en México el año pasado.
La publicación reciente de dos libros tuyos, Un montón de piedras y Seis cuentos seis y uno de regalo, ambos de cuentos, nos obliga a preguntarte por el cuento como género.
Últimamente percibo la desaparición de esa nociva costumbre de las editoriales de pedirte siempre novelas y rechazar, en cambio, los libros de cuentos. Si bien es éste un proceso lento, ya podemos notar en el mercado editorial un gran avance. En España, por ejemplo, han surgido editoriales y librerías especializadas exclusivamente en el cuento. Particularmente, yo he sido un devorador de cuentos desde que era niño. Vengo de una familia donde “cuento” era sinónimo de “chiste” y de toda la vida se me ha fomentado narrar historias. Como autor ya cumplí cuarenta años desde que escribí mi primer cuento, treinta desde mi primera publicación, gracias a don José de la Colina, y veinte desde que apareció En las nubes, mi primer libro de cuentos. Además, con la edición del Fondo de Cultura Económica de Sol, piedra y sombras, una antología del cuento mexicano del siglo XX que preparé hace algunos años, me he convertido igualmente en difusor del género.
La crítica señala dos líneas principales del cuento como género moderno: la que va, por un lado, de Chéjov a Carver y, por otro, la que se inicia con Poe e incluye a Borges. ¿Por cuál sientes más afinidad?
Probablemente me sienta más cercano a la de Borges. Pero más bien puedo decirte autores. Me han influido mucho los cuentos de Cortázar, de Carlos Fuentes, de Octavio Paz, de Poe, de Mark Twain… Me parece importante que un cuento pueda leerse de una sola sentada, como decía Rulfo. Y sobre todo que tenga gracia, que tenga humor. Suscribo igualmente la imagen de Cortázar de que, si una novela debe ganar por puntos, el cuento siempre tiene que hacerlo por nocaut.
¿Y eso que dice Juan Villoro de que el cuento es como un penalti?
Pues es un spin-off de lo que dijo Cortázar… Yo creo que el signo de nuestros tiempos es la mezcolanza de géneros. El cuento hoy está muy emparentado con la crónica, el ensayo, el aforismo…
En esto de los géneros sin fronteras, El arte de la fuga de Sergio Pitol tuvo una importancia capital para tu generación…
Sí, todos los que reconocemos a Pitol como maestro directo dijimos “si ya lo hizo él, ya podemos hacerlo todos”. Aunque, si te soy sincero, yo ya había pensado en tirar la toalla y dejar de escribir cuentos. Y ya ves que el año pasado se dio que saliera mi libros de cuentos taurinos, que llevaba dos años parado, y que el gobierno de Colima apoyara Un montón de piedras, que es la primera antología que hago de toda mi producción breve.
Háblanos de tus cuentos taurinos.
Hace 62 kilos yo quería ser torero; fruto de esa época son estos cuentos, la mayoría autobiográficos. Los llevaba arrastrando desde hace muchos años. Ojalá ahora que por fin se publicaron hubieran coincidido con un ensayo largo que aparecerá pronto, y en el que pinto la literatura como una tauromaquia. Para mí, escribir literatura es como torear. Siempre hay quienes escribiendo se quedan pegados a las tablas y sólo hacen suertes para los villamelones, pero hay otros que, arriesgando la vida y dejando todo su arte, torean en el centro del ruedo.
¿Cómo vives ese antitaurinismo creciente, acentuado sobre todo en España?
No es la primera vez ni será la última en que se cuestione la fiesta. En México, la prohibieron Juárez, Carranza… En España, siempre han existido gobiernos locales que la han prohibido. Digamos que lo que ocurre hoy no es nuevo. A mí lo que me llama la atención es que, mientras los aficionados a la tauromaquia procuramos saber, conocer de toros, estar siempre informados e instruirnos más y mejor, los antitaurinos son la mayoría de las veces grandes ignorantes en la materia. Peor aún: son agresivos y violentos. Basta revisar el tipo de comentarios que dejan en los videos de Youtube, por ejemplo. ¡Celebran la muerte de un hombre! Por lo demás, lo que ha ocurrido en Cataluña es bastante hipócrita. Por dos razones: en primer lugar, resulta que sí suprimieron los toros, pero no el Correbous, una tradición popular en donde el animal está amarrado, tiene los cuernos envueltos en llamas y queda expuesto –en este caso sí– a la tortura explícita y al salvajismo de la gente. En segundo lugar, no hay ganaderías de toro bravo en Cataluña y toreros como Chamaco o Joaquín Bernardó no enraizaron tanto como los de Andalucía. Mantener un espacio para que los toros vivan cuesta más que un campo de golf. Si allí hubiera ganaderías jamás se animarían a clausurar la fiesta. Atrás de esto pesan las sombras de los nefandos nacionalismos. Hay que negar de la fiesta porque es algo que “viene de España”.
¿De dónde nace tu gusto por el toreo?
Siempre ha habido gran tradición en mi familia. El hermano de mi madre fue juez de plaza en la Monumental Plaza de México. Yo me crié en Estados Unidos y cuando venía de vacaciones a Guanajuato mis primos me llevaban a las ganaderías. La primera vez que fui a una se produjo algo milagroso: ahí estaba David Silveti, un grande, un ídolo. (Él debería torear en Bellas Artes.) Luego, en casa, toreábamos de salón, hacíamos pases entre nosotros. Hasta que un día me soltaron una vaca y pude sortearla bien. “Tienes facilidades”, me dijeron. La verdad es que si pudiera hoy lo cambiaría todo por ser figura del toreo.
Como escritor, ¿cuál es tu opinión sobre el avance de las nuevas tecnologías con respecto al mundo del libro? ¿Es posible que libro y formatos electrónicos convivan pacíficamente como lo hicieron durante siglos el códice y el rollo?
No veo problema alguno en la convivencia de las nuevas tecnologías con el libro que ya conocemos. Yo sigo escribiendo a mano y luego en tecleado y ahora hasta en iPad… Seguiré comprando libros y atesorando cada paso del papel, tanto como empiezo a comprar ediciones electrónicas que leo en el iPad con un placer diferente, pero con el mismo afán de exprimir los párrafos y dejar que transpiren. Ahora me informan que hay dos libros míos que pervivirán en versión electrónica. Me sentí muy halagado con el aumento (o supuesto aumento) en los porcentajes de regalías que me tocan, pero considerando que las editoriales se ahorran papel, tintas, almacén, distribución y acuerdos previos con librerías, supongo que han de revisar tales porcentajes y ojalá consideren que los autores merecemos más.
El mundo literario mexicano ha perdido a grandes maestros entre este y el año pasado, de los que fuiste, además de aprendiz, amigo cercano. ¿Qué lecciones recibe tu generación del legado Chumacero, Monsiváis, Alatorre?
Soy deudor de los tres. De los tres fui primero lector y luego amigo. Mi tristeza se calma con saberlos leídos y eternos en tanto seguirán siendo leídos. De Monsi, me quedé en espera de un prólogo para mi libro Espejo de historias y otros reflejos que, irónicamente, se hizo gracias a una sugerencia de él mismo, y le debo no pocas caminatas, sobremesas e incluso una buena aventura en la Feria del Libro de Miami que no olvidaré… De Alatorre, puedo decir la inmensa admiración y recrecida consulta que siempre me han suscitado sus libros (en particular, Los 1001 años de la lengua española) y debo para siempre la hermosa presentación que hizo de mi primer libro, La soledad del silencio. Alí Chumacero cuidó la edición y hasta tipografía de ese libro, me enseñó los gajes y minucias del oficio de editar y le debo además el invaluable palmarés de haber sido mi amigo-maestro en tertulias taurinas semanales que celebrábamos en el Tío Luis de la Colonia Condesa. Hay un inmenso vacío que me duele palpar con las despedidas de tan entrañables y admirados escritores.
¿Y de Carlos Fuentes?
He leído –no sin tristeza– opiniones malagradecidas, que pecan de amnesia, y otros engreídos comentarios que han reaccionado ante la muerte de Fuentes sin la mínima consideración de la debida admiración o deuda de gratitud esencial: Fuentes fue un escritor sumamente generoso con los que intentaban seguirle la sombra; siempre leyó los mecanuscritos que se le entregaban y siempre tuvo alguna palabra de aliento para todo aquel que se proponía ser de veras escritor. Dicho lo anterior, yo le guardo una inmensa gratitud y me siento triste sobre todo por perder a un amigo al que conocí siendo yo niño en Washington, D.C. Más allá de ello, Fuentes fue celebrado en su momento por Alfonso Reyes y Octavio Paz, entre muchos otros, como un autor que habría de exprimir cada palabra, jugar con ellas y transformar el lenguaje en el mural vehículo de toda imaginación posible, incluso la que se entrelaza con la memoria o la realidad… Bien visto, eso es precisamente lo que deja como ejemplo y todo escritor ha de aprender mucho del arriesgado y atrevido juego en que las palabras han de ser convertidas y reconvertidas en alas al vuelo.









