Lora Grigorova, Oaxaca

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En 1966 se estrenó la película Blow Up, dirigida por el legendario cineasta italiano Michelangelo Antonioni, la cual se volvió de manera inmediata en un clásico de culto. Muchos críticos se centran en la relación entre la trama y el relato corto “Las babas del diablo” de Julio Cortázar que Antonioni tomó como base para crear el guión. Se trata de la historia de un fotógrafo londinense que sin querer se encuentra envuelto en una trama de misterio.

No obstante, pocos son los análisis que se enfocan el ambiente social que retratado en la película, el cual es bastante representativo de la Londres de los años 60s: momento de gran agitación y cambio de actitud de las generaciones jóvenes, en que el fotógrafo alcanza a ser igual de celebridad como los sujetos que retrata.

Hasta ese momento, la fotografía de moda clásica se caracterizaba por la formalidad y el perfeccionismo. Era muy cuidada en términos técnicos, con mucha luz como si se tratara de una puesta en escena de una obra teatral. “Fue una era en la cual las modelos posaban y si movían una vértebra arruinaban la foto.” afirma la editora de moda Felicity Jones, que trabajó en el Sunday Pictorial de 1958 a 1963. En ese entonces, la estrella de la fotografía en Londres era John French, una figura aristocrática y siempre vestido de manera exuberante, quien según testigos de la época, nunca tomaba siquiera la cámara. Contrataba a jóvenes aprendices que se encargaban de apretar el disparador en el momento que French daba la orden.

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(En la foto: John French posando con su cámara y una modelo)

No obstante, fue un contemporáneo de French quien fue el primero en romper con esa monotonía. Su nombre es Tony Armstrong Jones, Duque de Snowdon, quien fue el primer fotógrafo en Vogue en salir del estudio a la calle. En ese momento, Vogue estaba viviendo una crisis y necesitaba renovarse para no perder la atención de los jóvenes extrovertidos de la nueva década. Fue en este momento que renovó su plantilla de fotógrafos y contrató a gente como Brian Duffy y David Bailey.

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(En la foto: las rompedoras fotos de Tony Armstrong Jones)

Otro fotógrafo que empezó a llamar la atención de la gente fue Terence Donovan quien fue contratado por la revista de moda masculina Man About Town. Sus fotos acercaron la moda a la gente, al retratar a los modelos de forma más humana realizando acciones del cotidiano de cualquier ciudadano: tomando un café, caminando por la calle, comprando el periódico, etc. Además, destacaba por sus escenarios de las zonas más industriales y urbanas de Londres como el East End, su barrio natal. Sus sesiones se asemejaban con el rodajes de películas y de hecho, uno de sus shootings se considera precursor de la secuela de James Bond. El escenario se centraba en un personaje que era un agente secreto que se movía por Londres y el fotógrafo seguía. Siguen a continuación algunas tomas de dicha sesión:

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De esta manera, mientras Donavan inovaba la imagen del hombre, David Bailey se incorporó al equipo de la revista Vogue, en ese entonces enfocada en la moda de las clases altas londinenses, para hacer lo mismo con la imagen de la mujer. Bailey empezó a seleccionar modelos más humanas, pero de belleza suprema. Al mismo tiempo, volvió a la figura del fotógrafo en un ente activo que hacía a las modelos moverse y correr de un lado al otro, mientras que él se encargaba de agarrarlas en el momento oportuno con su cámara.

Cuando Bailey conoció a la modelo Jean Shrimpton, recién salida de la escuela de modelaje, se enamoró de manera inmediata de su imagen. Vogue se resistió en contratarla, ya que la consideraba fuera de los estándares de belleza de la época y su cara no era conocida. Los directivos llegaron a amenazar Bailey que si el shooting no salía bien se quedaría sin empleo. Bailey arriesgó y retrató a Shrimpton posando con diferentes hombres del equipo de Vogue como el director de arte, el estilista, entre otros y el resultado fue un éxito total. Para ello contribuyó la poca experiencia de la modelo que posaba de forma alternativa, rompiendo con la estaticidad de sus compañeras. Eran poses naturales, la luz era también natural y su cara era humana. De pronto, todas las chicas jóvenes querían ser Jean Shrimpton.

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(Jean Shrimpton fotografiada por David Bailey)

La tendencia Bailey-Shrimpton pronto cruzó el océano y llegó a Nueva York, en donde Bailey introdujo otra innovación en la publicación: la fotografía en 35 mm. Antes, Vogue había despreciado este formato y optado por película de gran formato; no obstante, el fotógrafo argumentó que le gustaba la forma rectangular de las fotos en 35 mm, ya que le permitía jugar más con el entorno. Le gustaban en especial las señales y los letreros de la urbanidad. Fue en ese entonces que Bailey y Shrimpton se volvieron en la pareja de oro de la moda de los años 60s.

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(En la foto: Bailey y Shrimpton en 1963)

Esta es una característica que predomina en la fotografía de moda de los años 60s: los fotógrafos que trabajaban muy de cerca con modelos específicas durante muchos años, las cuales son en la mayoría de las veces sus parejas. De esta manera, existe una relación de total confianza y una química entre los dos que se refleja en la imagen. De esta manera, al igual que Shrimpton fue la modelo favorita de Bailey, la de Donovan fue Celia Hammond y la de Duffy era Pauline Stone.

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(En la foto: Celia Hammond fotografiada por Terence Donovan)

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(En la foto: Pauline Stone fotografiada por Brian Duffy)

Otra pareja que triunfó en la moda fueron la modelo Jill Kennington y el fotógrafo John Cowan, cuya relación le permitía trabajar en condiciones extremas, ya que sus fotos requerían correr riesgo físico como treparse a edificios, árboles, coches en movimiento, tirarse de paracaídas.

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(En la foto: Jill Kennington fotografiada por John Cowan)

Otra publicación que invirtió en un fotógrafo innovador fue The Establishment, una revista satírica que contrató a Lewis Morley, cuya modelo preferida fue Christine Keeler. Keeler había sido considerada una auténtica call-girl y tenía una reputación dañada antes de trabajar con Morley. La primera sesión realizada por el dúo consistió en una Christine Keeler desnuda y encubierta por una silla negra que se fusiona con el fondo negro. No obstante, la última toma del shooting se volvió en una de las fotografías más icónicas de los años 60s y actualmente forma parte de la exposición permanente del Victoria and Albert Museum.

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(La mítica foto de Christine Keeler por Lewis Morley)

A mediados de la década, los jóvenes fotógrafos revolucionarios ya se habían establecido, ganando considerables cantidades de dinero. A través de sus imágenes, eran los máximos expositores del mundo de cambio que estaban viviendo. Ya formaban parte de la élite artística londinense constituida por actores, músicos, modelos y cineastas. Los fotógrafos se habían vuelto en celebridades. Pronto, en sus estudios se volvió normal depararse con personajes como Mick Jagger, Catherine Deneuve, Julie Christie, entre otros y salieron a la luz las primeras top models como Twiggy y Veruschka.

Pronto, se pusieron de moda las llamadas “Pin-ups Boxes” (Cajas Pin-ups) que consistían en una cajas que contenían fotografías de fotógrafos famosos a estrellas de rock, cine y modelos. La gente las adquiría para colgarlas en sus casas o en sus negocios y el término “pin-ups” se refiere a que no las enmarcaban, sino que las sujetaban con chinches a la pared.

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(En la foto: una “Pin-ups Box” con fotografías de David Bailey)

No obstante, regresando al principio: ¿quién fue el fotógrafo que inspiró a Michelangelo Antonioni para crear el personaje de la película Blow Up? Fue el atractivo, ingeniosos y empático David Bailey, quien ganaba la atención de todos los sujetos que retrataba. Según Bailey “Los 60s nunca terminaron” y sí es cierto que desde ese momento la fotografía de moda nunca fue la misma. “No se trata de tomar fotos, se trata de hacer fotos.” afirma Bailey.